El problema de la gente como tu, es que se topa con alguien como yo.
Alguien que no cree en los establecimientos, pero alguien que tiene los estatutos fuertes. Alquien que necesita creer en no creer, pero que a la larga cree, aunque sea en alguien.
El problema de la gente como tu, es que cuando se les confronta ante los verdaderos deseos del alma, se amilanan en vez de perseguirlos. Se cohíben en vez de explayarse. Se aterran en vez de dejarse apreciar. Se encierran en un miedo irracional, al verse expuestos no ante mi, sino ante si mismos.
Alguien que piensa que no todo esta perdido, pero alguien que ve que no todo esta ganado.
Alguien que cree en la verdad y el amor, pero conoce de sus vicios. (La única única cosa que me gusta de Pokemon, la verdad)
Alguien que sabe que hay vicios buenos, y vicios malos, pero que no puede dejar a los unos por los otros.
El problema de la gente como tu, es que me ven como una amenaza. O se sienten frágiles, o se sienten fuertes. O se quiebran o me quiebran. Pero no se dan cuenta que se atacan a si mismos o se ignoran sistemáticamente frente a mi.
Nuevamente. El problema de la gente como tu, es que se topan con alguien como yo, y no saben si le aprecian o le aborrecen, pero me aíslan, no por que tengan miedo de descubrirme, sino de descubrirse.
Y se me viene esto a la mente…
febrero 12, 2012
enero 26, 2012
Verba
Déjame, ser verbo.
Quiero ser acción calificada de palabra.
Déjame deleitarte en tus adjetivos.
Deleitarme el tacto y la vista en tus sustantivos.
Quiero hacer del verbo un adverbio.
Dejarnos la soledad y volvernos un lexema.
Dando morfemas a tus deseos.
Para que le des un sentido a mi sintagma anhelo.
Mi oración del relativo te tiene en su núcleo
Mi nostalgia {de un nosotros} no es nueva.
El sustantivo que define la acción del verbo, tampoco.
Puede que sea uno abstracto, con una peligrosa tendencia a volverse concreto.
Déjame ser verbo.
Quiero ser acción calificada de palabra.
Quiero puntualizar esta oración.
Concluir el Opus.
Destruir a la semántica en favor de la fonética.
Dejar las reglas, olvidar los métodos.
Y comunicarme sin recurrir a las palabras.
Quiero ser acción calificada de palabra.
Déjame deleitarte en tus adjetivos.
Deleitarme el tacto y la vista en tus sustantivos.
Quiero hacer del verbo un adverbio.
Dejarnos la soledad y volvernos un lexema.
Dando morfemas a tus deseos.
Para que le des un sentido a mi sintagma anhelo.
Mi oración del relativo te tiene en su núcleo
Mi nostalgia {de un nosotros} no es nueva.
El sustantivo que define la acción del verbo, tampoco.
Puede que sea uno abstracto, con una peligrosa tendencia a volverse concreto.
Déjame ser verbo.
Quiero ser acción calificada de palabra.
Quiero puntualizar esta oración.
Concluir el Opus.
Destruir a la semántica en favor de la fonética.
Dejar las reglas, olvidar los métodos.
Y comunicarme sin recurrir a las palabras.
enero 06, 2012
Entre dios y el diablo.
Durante años había hablado con ellos. Años, aguantando sus genialidades, sus estupideces, sus críticas, comentarios y desconsuelos. Años viéndolos pelearse estúpidamente como dos chiquillos en trifulca por un caramelo, como si las almas fueran los hilitos de los cuales esta hecho el algodón de azúcar.
Y los años, pesaban ya. Pero el, había abandonado hacia unos instantes (Tan largos que se sentía viejo como el universo mismo) todos los cuestionamientos, todos los prejuicios, los dogmas, las razones irracionales y demás bagaje mental y emocional, y estaba hincado frente al muelle, viendo el lago, con la barbilla remojada en lagrimas, mientras el atardecer hacia que el lago fuera una gigantesca manta de filigrana dorada, secándose al viento. De pronto sus estupideces dejaron de tener importancia. Sus quejas, diferencias, conflictos y demás, dejaron de tener valor.
Dios y el diablo le observaban preocupados. Sabían que estaban a punto de morir de su mente, y como todos los seres vivos, se esforzaban por existir.
“Vos sabes que esa nota es mentira” dijo el diablo, con una aristocrática sonrisa. Su cuello enmarcado en una camisa gucci blanca, la corbata de seda hindú, el saco de sastrería fina y la apenas perceptible pulsera de oro que se veía en el brazo que sostenía con desgano el mentón, denotaban todos los lujos, pero también todos los excesos. En su dedo, un grueso anillo de oro, con un azabache.
“Hijo mío. El mundo esta lleno de mentiras” dijo dios, con un atavío más bien pobre. Una playera vieja de los Rolling con la lengua ya gastada, las manos sucias de trabajar bajo los coches todos los días, la barba sin rasurar y sin cuidar de semanas, así como el cabello largo amarrado en la parte de atrás con un alambre.
Pero el de pronto cayo en la cuenta que sus sospechas eran ciertas. Que hay mucho más allá del bien y el mal. Que son relativos y que a la larga, como sus dos inevitables compañeros, son irrelevantes.
-“Es tan hermoso” –susurro tan leve que apenas pudo escucharse el mismo. “Es tan hermoso” volvió a decir, con los labios temblorosos, las manos juntas y cada uno de los vellitos de su cuerpo, erectos al viento, por el escalofrío que le causaba la Epifania que explotaba en su mente, justo ahora. El miedo, la tristeza, la desesperación, todas esas emociones que se anclan al cuello como rocas, de pronto se deslizaban al fondo del lago.
Arrugado entre sus dedos, una nota, nota que estuvo hace unos segundos, a punto de arrojar al lago. Se había hecho estudios con un psicologo. Como no entendía ni la mitad de las palabras escritas en la hoja de los resultados había ido a la biblioteca a investigar el significado de las palabras. De pronto, se dio cuenta. Ambas palabras significaban más que la presencia de Dios y el Diablo.
Diagnostico… “Esquizofrenia paranoide”
"Todo es tan hermoso" Dijo. Al voltear, ambas figuras se habian marchado.
Y los años, pesaban ya. Pero el, había abandonado hacia unos instantes (Tan largos que se sentía viejo como el universo mismo) todos los cuestionamientos, todos los prejuicios, los dogmas, las razones irracionales y demás bagaje mental y emocional, y estaba hincado frente al muelle, viendo el lago, con la barbilla remojada en lagrimas, mientras el atardecer hacia que el lago fuera una gigantesca manta de filigrana dorada, secándose al viento. De pronto sus estupideces dejaron de tener importancia. Sus quejas, diferencias, conflictos y demás, dejaron de tener valor.
Dios y el diablo le observaban preocupados. Sabían que estaban a punto de morir de su mente, y como todos los seres vivos, se esforzaban por existir.
“Vos sabes que esa nota es mentira” dijo el diablo, con una aristocrática sonrisa. Su cuello enmarcado en una camisa gucci blanca, la corbata de seda hindú, el saco de sastrería fina y la apenas perceptible pulsera de oro que se veía en el brazo que sostenía con desgano el mentón, denotaban todos los lujos, pero también todos los excesos. En su dedo, un grueso anillo de oro, con un azabache.
“Hijo mío. El mundo esta lleno de mentiras” dijo dios, con un atavío más bien pobre. Una playera vieja de los Rolling con la lengua ya gastada, las manos sucias de trabajar bajo los coches todos los días, la barba sin rasurar y sin cuidar de semanas, así como el cabello largo amarrado en la parte de atrás con un alambre.
Pero el de pronto cayo en la cuenta que sus sospechas eran ciertas. Que hay mucho más allá del bien y el mal. Que son relativos y que a la larga, como sus dos inevitables compañeros, son irrelevantes.
-“Es tan hermoso” –susurro tan leve que apenas pudo escucharse el mismo. “Es tan hermoso” volvió a decir, con los labios temblorosos, las manos juntas y cada uno de los vellitos de su cuerpo, erectos al viento, por el escalofrío que le causaba la Epifania que explotaba en su mente, justo ahora. El miedo, la tristeza, la desesperación, todas esas emociones que se anclan al cuello como rocas, de pronto se deslizaban al fondo del lago.
Arrugado entre sus dedos, una nota, nota que estuvo hace unos segundos, a punto de arrojar al lago. Se había hecho estudios con un psicologo. Como no entendía ni la mitad de las palabras escritas en la hoja de los resultados había ido a la biblioteca a investigar el significado de las palabras. De pronto, se dio cuenta. Ambas palabras significaban más que la presencia de Dios y el Diablo.
Diagnostico… “Esquizofrenia paranoide”
"Todo es tan hermoso" Dijo. Al voltear, ambas figuras se habian marchado.
noviembre 12, 2011
hora@cabalisttime
Se nos paso el once del once del once, a las once con once (dos veces) y no paso nada.
O tal vez si paso algo.
Pero no nos dimos cuenta
Tal vez el destino
No es la dama del martillo
Presurosa a quebrarnos la cerviz
Sino la paloma.
Sigilosa
Presta, a cagarnos la solapa.
Salut!
O tal vez si paso algo.
Pero no nos dimos cuenta
Tal vez el destino
No es la dama del martillo
Presurosa a quebrarnos la cerviz
Sino la paloma.
Sigilosa
Presta, a cagarnos la solapa.
Salut!
noviembre 08, 2011
Un epitafio para Márquez.
Estimado señor Márquez. Le escribo pensando en sus muchos libros, y en lo mucho que se le aprecia. Escribo este epitafio no con la tristeza de que se ha ido, sino con la misma alegría, que me contagiaron sus relatos.
Le escribo como un ferviente admirador suyo, un lector que, aunque aun un neófito en la Gabomarquetura, tiene afortunadamente y por gracia –o desgracia – divina, la sensibilidad suficiente para admirar la forma que escribe.
Debo confesar que muchos de sus libros son los que me han inspirado en muchos aspectos de mi vida. Le confieso que se me quito lo amargo, gracias a la ingenuidad de don Aureliano. También le confieso que aprendí a expresar la frustración y la tristeza empleando la sutileza de la palabra Mierda. Aprendí que la pasión se duerme, pero se muere solamente, una vez uno ha muerto. Y aprendí a apreciar la paciencia, incluso, si se viaja en un vapor.
En fin, Don Gabo. Le agradezco TODO cuanto me ha enseñado. No le escribo este epitafio para que le sirva una vez muerto, sino todo lo contrario, para decirle en su cara, que le admiro, y que si es un epitafio, es nada mas por que la muerte nos es a todos, -de momento –inevitable. Gracias, señor Márquez. Espero, que antes de la hora inevitable, lo lea, con todo mi aprecio, y mi respeto para usted...
Le escribo como un ferviente admirador suyo, un lector que, aunque aun un neófito en la Gabomarquetura, tiene afortunadamente y por gracia –o desgracia – divina, la sensibilidad suficiente para admirar la forma que escribe.
Debo confesar que muchos de sus libros son los que me han inspirado en muchos aspectos de mi vida. Le confieso que se me quito lo amargo, gracias a la ingenuidad de don Aureliano. También le confieso que aprendí a expresar la frustración y la tristeza empleando la sutileza de la palabra Mierda. Aprendí que la pasión se duerme, pero se muere solamente, una vez uno ha muerto. Y aprendí a apreciar la paciencia, incluso, si se viaja en un vapor.
En fin, Don Gabo. Le agradezco TODO cuanto me ha enseñado. No le escribo este epitafio para que le sirva una vez muerto, sino todo lo contrario, para decirle en su cara, que le admiro, y que si es un epitafio, es nada mas por que la muerte nos es a todos, -de momento –inevitable. Gracias, señor Márquez. Espero, que antes de la hora inevitable, lo lea, con todo mi aprecio, y mi respeto para usted...
octubre 29, 2011
Abismo
Estoy sentado, a orillas de ese abismo.
Desde el medio día, el sol horadaba mi piel.
El sol, desprovisto de criterio, se esconde tras la montaña.
¿A dónde se ha ido la luz cegadora?
La tarde poco a poco va cayendo.
El celeste se tiñe lentamente de un añil oscuro.
Las voces de los animales empiezan a escucharse.
¿Me asusta o me deleita oirlas?
El ultimo suspiro del astro solar se evapora lentamente.
Como una vela que se extingue a si misma.
El abismo a mi costado reverbera de actividad.
Doy un grito, esperando un eco.
Pero mi voz se confunde con lo oscuro que alli llace.
Llevo no se cuantas horas, aquí a la par del abismo.
El ruido se ha vuelto insoportable.
Es como si algo buscase salir… algo buscase liberarse.
Una prision profunda para una bestia malevola.
De pronto la curiosidad me gana.
Lentamente asomo el rostro.
Veo un par de ojos, penetrantes e inquisitivos.
Incitantes, oscuros. Inmoviles, crueles e impasivos.
Y no me asustaria tanto…
… si no viera que únicamente, es el reflejo de mis ojos.
Desde el medio día, el sol horadaba mi piel.
El sol, desprovisto de criterio, se esconde tras la montaña.
¿A dónde se ha ido la luz cegadora?
La tarde poco a poco va cayendo.
El celeste se tiñe lentamente de un añil oscuro.
Las voces de los animales empiezan a escucharse.
¿Me asusta o me deleita oirlas?
El ultimo suspiro del astro solar se evapora lentamente.
Como una vela que se extingue a si misma.
El abismo a mi costado reverbera de actividad.
Doy un grito, esperando un eco.
Pero mi voz se confunde con lo oscuro que alli llace.
Llevo no se cuantas horas, aquí a la par del abismo.
El ruido se ha vuelto insoportable.
Es como si algo buscase salir… algo buscase liberarse.
Una prision profunda para una bestia malevola.
De pronto la curiosidad me gana.
Lentamente asomo el rostro.
Veo un par de ojos, penetrantes e inquisitivos.
Incitantes, oscuros. Inmoviles, crueles e impasivos.
Y no me asustaria tanto…
… si no viera que únicamente, es el reflejo de mis ojos.
octubre 26, 2011
Neural Connect, a new service from...
Brain to Brain Chat.
Habían llegado trastumbándose a la cabaña. Entre besos y abrazos, ambos habían finalmente llegado a la puerta.
-Cerrado. Dijo ella, mientras movía el pestillo. –el sol, mientras era devorado por la montaña de atrás, humedecido por el lago, le infundía un otoñal tinte rojizo a la vieja pared de la cabaña.
-Déjame probar –dijo el, haciendo un movimiento con los hombros, echando el peso a la puerta mientras con una mano la giraba. La puerta cedió ante su peso, como si quisiera ser cómplice. Después de abrir la puerta, el reviso el cerrojo. Estaba intacto. -¿a que esperas? –dijo súbitamente mientras la veía entrar en aquel sitio. El aroma del interior era difícil de discernir. No era rancio, no era maloliente, pero olía a abandono. A maderas viejas. El interior, completamente abandonado. Mientras ella pasaba, el sol y la pañoleta que cargaba en su cintura, jugaron en su contra. La luz jugaba con su figura, acentuando sus caderas, su cintura. Haciéndola una silueta. Pero su sonrisa era grande, y se podía notar, incluso a contraluz.
De pronto ella se lanzo a el. Sus ojos eran una invitación silenciosa. Ella quería sus labios. Sus brazos le abrazaron el cuello, mientras apenas les alcanzo a cerrar la puerta de aquel sitio.
-Esto es ilegal… sabes –dijo el, al tiempo que la abrazaba por la cintura.
-Mucho mejor… me parece –respondió ella, con la boca entrecerrada, mordiéndole el labio. Casi se le cae la maleta que cargaba en la mano. Ya habían visto esa cabañita abandonada a orillas del lago. La vieron desde la primera vez que salieron a caminar y siempre les había atraído hacer el amor en ella. Se había quedado como un deseo frustrado, y aunque esa tarde, el llevaba las herramientas necesarias para violentar el cerrojo, no se había hecho necesario. También llevaban una manta, unas velas, y una buena botella de Chianti, envuelto en una manta para que se mantuviera frió. Ella, odiaba el vino tibio.
Mientras su mano recorría su espalda, en toda su extensión, e incluso en sitios en donde la espalda se volvía nuca, y también se volvía otra cosa, su otra mano le traiciono. Dejo caer la maleta con cierto descuido. Ella, lo empujo a una pared. El sol se colaba por entre los pedazos rotos de un periódico pegado en una ventana, para protegerla, haciendo que la luz se difuminara en todos lados, pero apenas.
Ella le subió los brazos mientras que con sus uñas, arañaba su cuerpo, en una deliciosa y sutil afrenta. El decidió no quedarse inmóvil, desde luego. Abrazándola con fuerza, desde la pared en donde estaba, la llevo a la esquina de ese cuarto desprovisto de muebles, teniendo cuidado, claro, de no toparse con la inquilina de una telaraña. Después de ver esto, la llevo a la esquina con firmeza, y con cuidado. Sus ojos, siempre fijos en los de ella. Se acerco a su boca, pero no la beso. Sus labios apenas se rozaron. Le gruño, lleno de deseo, lleno de la angustia por poseerla. Se poso en su cuello, mientras sus manos la atraían, por la cintura hacia el, y su boca, derivaba por su cuello, por sus hombros. Sin que ella se percatase, o quizás, ella ignorándolo a propósito, el logro destrabar la parte superior de su traje de baño. Sus manos derivaban cuidadosas, leves, como si sus dedos de pronto fuesen plumas acariciando su piel recién expuesta.
Adrift and at peace, sonaba en la cabeza de ambos. Ella, acariciaba su nuca, la parte de atrás de su cabeza, al tiempo que sus dientes y su lengua sentían la sal de su piel. La aorta brincaba rápidamente. Un suspiro indeterminable fue proferido por ambos. De pronto la habitación se torno mas oscura, así que el en un rápido movimiento casi de prestidigitación, encendió las velas, y puso la manta en el suelo. La botella les esperaba para después. Ella lo acerco a sus labios… necesitaba un beso. Pero no pudo dárselo. Tan pronto como sus ojos expectantes se hicieron en los de el, ella se quedo en silencio, y desapareció. El se quedo absolutamente solo en aquel sitio, de pronto, como si ella se hubiese evaporado. De cierta forma así había sido. En sus ojos, las letras blancas aparecieron de pronto.
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-Mierda… dijo.
Habían llegado trastumbándose a la cabaña. Entre besos y abrazos, ambos habían finalmente llegado a la puerta.
-Cerrado. Dijo ella, mientras movía el pestillo. –el sol, mientras era devorado por la montaña de atrás, humedecido por el lago, le infundía un otoñal tinte rojizo a la vieja pared de la cabaña.
-Déjame probar –dijo el, haciendo un movimiento con los hombros, echando el peso a la puerta mientras con una mano la giraba. La puerta cedió ante su peso, como si quisiera ser cómplice. Después de abrir la puerta, el reviso el cerrojo. Estaba intacto. -¿a que esperas? –dijo súbitamente mientras la veía entrar en aquel sitio. El aroma del interior era difícil de discernir. No era rancio, no era maloliente, pero olía a abandono. A maderas viejas. El interior, completamente abandonado. Mientras ella pasaba, el sol y la pañoleta que cargaba en su cintura, jugaron en su contra. La luz jugaba con su figura, acentuando sus caderas, su cintura. Haciéndola una silueta. Pero su sonrisa era grande, y se podía notar, incluso a contraluz.
De pronto ella se lanzo a el. Sus ojos eran una invitación silenciosa. Ella quería sus labios. Sus brazos le abrazaron el cuello, mientras apenas les alcanzo a cerrar la puerta de aquel sitio.
-Esto es ilegal… sabes –dijo el, al tiempo que la abrazaba por la cintura.
-Mucho mejor… me parece –respondió ella, con la boca entrecerrada, mordiéndole el labio. Casi se le cae la maleta que cargaba en la mano. Ya habían visto esa cabañita abandonada a orillas del lago. La vieron desde la primera vez que salieron a caminar y siempre les había atraído hacer el amor en ella. Se había quedado como un deseo frustrado, y aunque esa tarde, el llevaba las herramientas necesarias para violentar el cerrojo, no se había hecho necesario. También llevaban una manta, unas velas, y una buena botella de Chianti, envuelto en una manta para que se mantuviera frió. Ella, odiaba el vino tibio.
Mientras su mano recorría su espalda, en toda su extensión, e incluso en sitios en donde la espalda se volvía nuca, y también se volvía otra cosa, su otra mano le traiciono. Dejo caer la maleta con cierto descuido. Ella, lo empujo a una pared. El sol se colaba por entre los pedazos rotos de un periódico pegado en una ventana, para protegerla, haciendo que la luz se difuminara en todos lados, pero apenas.
Ella le subió los brazos mientras que con sus uñas, arañaba su cuerpo, en una deliciosa y sutil afrenta. El decidió no quedarse inmóvil, desde luego. Abrazándola con fuerza, desde la pared en donde estaba, la llevo a la esquina de ese cuarto desprovisto de muebles, teniendo cuidado, claro, de no toparse con la inquilina de una telaraña. Después de ver esto, la llevo a la esquina con firmeza, y con cuidado. Sus ojos, siempre fijos en los de ella. Se acerco a su boca, pero no la beso. Sus labios apenas se rozaron. Le gruño, lleno de deseo, lleno de la angustia por poseerla. Se poso en su cuello, mientras sus manos la atraían, por la cintura hacia el, y su boca, derivaba por su cuello, por sus hombros. Sin que ella se percatase, o quizás, ella ignorándolo a propósito, el logro destrabar la parte superior de su traje de baño. Sus manos derivaban cuidadosas, leves, como si sus dedos de pronto fuesen plumas acariciando su piel recién expuesta.
Adrift and at peace, sonaba en la cabeza de ambos. Ella, acariciaba su nuca, la parte de atrás de su cabeza, al tiempo que sus dientes y su lengua sentían la sal de su piel. La aorta brincaba rápidamente. Un suspiro indeterminable fue proferido por ambos. De pronto la habitación se torno mas oscura, así que el en un rápido movimiento casi de prestidigitación, encendió las velas, y puso la manta en el suelo. La botella les esperaba para después. Ella lo acerco a sus labios… necesitaba un beso. Pero no pudo dárselo. Tan pronto como sus ojos expectantes se hicieron en los de el, ella se quedo en silencio, y desapareció. El se quedo absolutamente solo en aquel sitio, de pronto, como si ella se hubiese evaporado. De cierta forma así había sido. En sus ojos, las letras blancas aparecieron de pronto.
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-Mierda… dijo.
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